MITOS Y CONTADAS
MAPUCHES
En el año 1981 el ya
desaparecido diario "Mendoza" de esa ciudad argentina, participó de
la organización de una expedición arqueológica al pucará de Ranchillos, último
punto en el extremo sur del famoso "camino del Inca".
Este camino sigue una
línea topográfica imaginaria que recorre todo el trazado cordillerano a tres
mil metros de altura, ni uno más ni uno menos, de norte a sur, comunicando
todas las poblaciones de esta región del imperio con el Cuzco.
El pucará es la forma
de fortificación construída en todo el oeste y noroeste argentino por los
verdaderos pobladores, diaguitas, lules, hualflines y huarpes, quienes eran
tributarios de gobernadores locales representantes del Inca.
Más abajo de
Ranchillos, en el Valle del Tunduqueral, cerca de la población turística de
Uspallata, se desarrollaron grandes batallas de guerras interminables entre
huarpes, ranqueles y puelches de la llanura seca por el este, quichuas incaicos
por el norte y nómades de origen tehuelche por el sur.
Hay que recordar que
muy cerca de estos valles, hasta 1830 o 1840, se presentaban malones de
araucanos, los mismos araucanos de origen chileno que habían derrotado y
desplazado para siempre a los voroganos y ranqueles de la pampa.
Mucho más atrás en la
historia, en épocas tan pretéritas que parecen haber ocurrido en lugares
lejanos o en terrenos de la fantasía, este Valle del tunduqueral y el
emplazamiento de Ranchillos, fueron disputados ferozmente por las tribus del
paleolítico provenientes del norte y del oeste, algunas de las cuales eran
inclusive antropófagas.
En este marco se iba a
desarrollar la expedición que partió de Mendoza compuesta por un arqueólogo de
la Universidad, un estudiante avanzado y el periodista y fotógrafo destacado
por el diario patrocinante.
Las imágenes recogidas,
sin duda serían el mejor documento de la aventura científica, por lo tanto
había que tener preparadas varias cámaras con diferentes tipos de película,
sobre todo diferentes sensibilidades para captar tomas con iluminación difícil,
a distancia o con cierto movimiento.
En el centro del Valle
del Tunduqueral se encontraba, ya registrado y explorado, un altar donde se
habían registrado con sucesivos petroglifos las ceremonias de los chamanes de
hace por lo menos veinte mil años, y luego los sucesivos sacrificios, inclusive
humanos.
Desde esa ubicación,
podía entenderse perfectamente su importancia estratégica. El camino natural
entre montañas proveniente desde el este se abría por el cauce del río
Ranchillos. Desde el norte, indudable comunicación con diaguitas y huarpes,
desembocaba el camino del Inca, y hacia el sur, territorio tehuelche y mapuche,
un ancho valle glaciar con abundantes ojos de agua y arroyos.
Parado junto al altar
megalítico, se podía sentir en la puesta del sol como un sordo batir de la
tierra, gemidos, gruñidos, todo un concierto en el que los aullidos del viento
semejaban el silbar de flechas entre las piedras.
Racionalmente, el
arqueólogo iba explicando todos estos detalles con calma: la tierra resuena por
efecto de los miles de "tunduques" que dan su nombre al valle. Estos
pequeños roedores, que alguna vez pesaron hasta 40 kilogramos, son similares a
los perros de la pradera y cavan miles y miles de kilómetros de madriguera.
En el ocaso, explicaba
el científico, los machos salen a producir su "llamado" especial a
las hembras en la puerta de cada cueva. Este sonido, multiplicado tantas y
tantas veces, y el especial eco del Valle producían un efecto fantástico.
De todas maneras esto
solo no resultaba convincente, se podía "sentir" en torno a los
hombres; extraños en ese lugar, la presencia de los animalitos que miraban sin
temor, fijamente, a los forasteros. ¿Y los gruñidos? Bien, rodeando al grupo
circulaban siempre apartados pero nunca lejos, varios zorros grises, del tipo
pampeano, de gran alzada. Mantenían a los hombres vigilados atentamente todo el
tiempo, y de esos vigilantes partían gruñidos y la supuesta "risa"
del zorro.
De a poco todo esto
lograba poner nerviosos a los intrusos, ya que el hombre en esta circunstancias
se siente sobrecogido por la naturaleza misteriosa y las explicaciones por más
racionales que sean, no alcanzan.
Por supuesto que las
cámaras del fotógrafo tomaban numerosas imágenes de esta puesta de sol tan
especial, tan mágica y de belleza imponente.
Casi por la noche se
llegó al punto buscado del pucará, y se ubicaron las tiendas de la expedición,
todo dispuesto para comenzar los trabajos al día siguiente.
El arqueólogo y su
ayudante conversaban ruidosamente y escuchaban radio.
Un poco apartado, el
periodista se ubicó cerca del arroyo, casi a oscuras.
En la otra orilla
aparecieron de nuevo los zorros, sólo tres o cuatro, pero suficientes para
erizar la piel al hombre de ciudad.
Cruzaban lejos del
fogón los pasos rápidos de liebres y otros animalitos nocturnos.
Cuando los
expedicionarios se fueron a dormir, en las murallas casi intactas de la
fortaleza incaica resonó un tropel repentino e inexplicable.
-Son las cabras!- gritó
desde la carpa alguna de las voces para tranquilizarse.
Era la primera noche en
el pucará de Ranchillos.
Durante dos o tres
días, los arqueólogos buscaban el lugar de sacrificios y el enterramiento
ceremonial de las llamas.
No se daban resultados
y cada día que pasaba escaseaban más los recursos, los científicos comenzaban a
ponerse nerviosos.
Una noche, como
siempre, aparecieron los habituales visitantes: primero resonaron los llamados
de los "tunduques", horas después se acercaron los zorros y cruzaban
las liebres por todas partes. Lo más sorprendente era la aparente confianza de
los animales y el gran número con que se hacían visibles.
Sin embargo, a las
supuestas cabras que habían producido los sonidos de la primera noche, jamás
las vieron.
El fotógrafo se quedó hasta la madrugada
sentado, solo y en silencio, mirando y escuchando atentamente todos estos
sucesos imperceptibles pero inquietantes. Se fue a acostar pero sin poder
dormir. De pronto, en torno a la carpa, se percibió la presencia de todos esos
pobladores que los habían estado observando noche tras noche. Se podían sentir
olores, pisadas, roces. De pronto, todo cesó bruscamente. El periodista se
durmió.
A la mañana siguiente,
cuando despertó, estuvo un rato largo en la carpa. Aunque se escuchaba trajinar
a los compañeros levantando el campamento, casi vencidos,no se levantó para
participar de la tarea ,trataba de recordar qué había pasado la noche anterior.
Pensando en ello,
finalmente se dispuso a iniciar el rito matinal del mate.Fue hasta el río,
llenó la pava con agua fresca, giró...y allí, frente a sus ojos, estaba un
megalito claramente iluminado por el primer rayo de sol que pasaba entre las
montañas, haciendo una perfecta línea con el arroyo y proyectando la aguja de
sombra sobre un altar plano, muy pulido y oscurecido..y siguiendo "el dedo
del Sol", un campo delimitado por grandes bochones de granito que se veían
relumbrar precisamente a esta hora, sólo a esta hora, y desde esa posición.
Sobre el más grande de
los bloques de granito, se paró un enorme cóndor.
Y se miraron
Fueron cinco rollos de
fotografías los que se entregaron en el diario. El sexto no. El sexto
documentaba aquél momento sobrecogedor vivido una puesta de sol en el Valle del
Tunduqueral, pero en él no había ninguna imagen de animales, ni zorros, ni tunduques...nada.
Por supuesto, aquél
periodista nunca contó esta parte de la historia. La experiencia vivida a
orillas del río Ranchillos aquél amanecer también quedó en secreto, ciertos
pactos hay que respetarlos.
Pero muchos años
después, cerca de otro río mágico, el Ruca Choroy, tomando mate con el cacique
de la agrupación, fue intercambiando vivencias.
Cuando el cacique
escuchó el relato de lo sucedido con aquéllos extraordinarios animalitos de
Uspallata, sentenció:
-Son los pillanes- Y no
habló más del asunto.
NUEVOS TRENTENES
Buscando las raíces de
las tradiciones aborígenes que todavía se pueden rescatar en el norte de la
Patagonia argentino-chilena, debemos partir desde la ciudad de Neuquén hacia el
oeste, hacia los valles cordilleranos donde se encuentra en estos días la mayor
concentración de habitantes originales.
Mientras viajamos por
el desierto vamos apreciando los grandes contrastes que presenta esta tierra.
Al comienzo del viaje estuvimos en la región del Alto Valle del río Negro,
lugares poblados por colonias que cultivaron la tierra y hoy se encuentran en
plena producción de frutales.
Pero esta primera
imagen es engañosa, el valle que el agua de riego convirtió en terreno fértil
muy pronto da paso al paisaje característico de las "bardas",
terrazas que van ascendiendo hacia las montañas de los Andes y que otrora
fueron el marco a los glaciares ya olvidados.
Vamos observando una
geografía áspera de canto rodado y arcilla donde hay grabada una violenta
historia de luchas y sufrimientos inquietantes.
El padre Domingo
Milanesio, antiguo misionero, describió la Patagonia como "un ave
fénix" dispuesta siempre a resurgir de cada cataclismo, de cada tragedia
humana...siempre condenada a no detenerse en un nido confortable.
El viaje pasa por la
zona petrolera, una de las más ricas de la Argentina, y el pasajero puede ver
desde la ruta el secreto de la riqueza patagónica, los bombeadores de petróleo
que por aquí se llaman "chulengos"... por su silueta parecida a un
enorme guanaco.
Este fue alguna vez
territorio de los dinosaurios fabulosos, aquí nomás, en Plaza Huincul, se
encontraron los restos de uno de los carnívoros más grandes del cretáceo.
Seguimos avanzando y
vamos a pasar por Zapala, ubicada en terrenos que fueron inmensos pantanos,
luego formaron parte de una cuenca marina que se fue retirando y elevando,
hasta que ahora vemos ese mar pretérito convertido en una mansa mancha de agua
en Laguna Blanca, actual hogar protegido del cisne de cuello negro.
Toda esta cuenca, una
sobrecogedora depresión al pie de la precordillera por encima de los mil metros
de altura, merece una mirada especial. Tiene diversos puntos desde donde ver
las posiciones del sol en el transcurrir del día.
Las texturas especiales
de las bardas y cerros que rodean este antiguo lecho nos pueden enfrentar con
incógnitas del pasado, etapas ígneas del suelo americano y etapas de
gigantescos saurios y moluscos monstruosos.
Mientras caminamos
tranquilamente por las cercanías de la laguna, esa arena extraña que pisamos no
es en realidad arena propiamente dicha, sino el marasmo del fondo de un mar
poblado de vida en lucha con la destrucción, todo ello congelado y suspendido en
su clímax para que hoy lo tomemos un momento en la mano y dejemos que todas
estas sensaciones, estas energías del arcano atraviesen 130 millones de años
hasta nuestros sentidos más profundos.
Y seguiremos el viaje
hasta las fuentes de la sabiduría y las tradiciones aborígenes, subiendo los
dos mil metros sobre el nivel del mar en el Chcachil, cadena de precordillera
que junto con el Michacheo fue el hogar de los pehuenches, o gente de los pinos
pehuenes. La planicie desértica que dejamos atrás era el dominio de los
huiliches, que conformaban el grupo más septentrional de tehuelches, gente
guerrera y nómada que combatieron a estos pehuenches de la montaña. A medida
que avanzamos desembocaremos en una estrecha llanura donde asoman los pehuenes
que dan nombre a los habitantes, y junto a los cipreses que van apareciendo tímidamente
nos anuncian el aumento de humedad que significa la cercanía de los lagos.
Sin embargo, esta
llanura llamada "Pampa de Lonco Luan" merece un breve aparte, porque
es un paisaje como tal vez imaginaríamos un cráter lunar. Está conformada por
gránulos de tierra liviana, de aspecto aéreo, que durante el día deslumbra con
su reflejo casi carente de sombras, pero que al borrarse la luz, entre
medianoche y la salida del sol, desprende resplandores azulados contrastantes
con la extrema negrura, el Thanatos de los griegos, que precede al nuevo
estallido luminoso.
Y de la misma forma, al
cabo de una curva y un recodo, desde lo alto vemos aparecer el valle lacustre
donde se nos presenta el lago Aluminé en primer término.
Haciendo honor a su
nombre mapuche, el primer lago "Brilla en lo profundo".
Y así llegamos al
sector de la costa del lago Aluminé que en lengua nativa mapugudun también
recibe el nombre de Lonco Luán. Más allá, otro paraje entre los lagos Ñorquinco
y Nompehuén fue llamado Lonco-Mula.
¿Por qué los nombres?
Los mapuches de la
vertiente occidental de los Andes y costas del Pacífico, también conocidos por
moluches o nguluches, tienen numerosos seres mitológicos llamados genéricamente
"tren ten", relacionados con accidentes geográficos de los cuales
serían los custodios. Casi todas estas figuras tienen origen en animales reales
que, al encontrarse casi extintos desde la llegada de los europeos, han
aumentado el misterio en torno a su existencia.
Lo más llamativo de
este mundo de fábulas, es que también se recuerdan animales que pertenecieron a
otras edades prehistóricas, y que teóricamente no podrían haber convivido jamás
con el hombre. Si queremos confrontar algunos interrogantes que desafían la
lógica del habitante de las ciudades, también tendremos que prepararnos para
ver y sentir la existencia de duendes pánicos del bosque montañoso, los lagos y
la costa del mar.
En el territorio
argentino, en torno a los lagos de Neuquén y Río Negro, se han hecho conocer a
través de los medios de comunicación los supuestos saurios acuáticos o
lacustres como el "Nahuelito" que aparece en el lago Nahuel Huapi,
frente a Bariloche, o su pariente el bautizado con total falta de imaginación
"Moquehuito" porque se le suele avistar en el lago neuquino
Moquehue..
Este último es uno de
los lagos que, no por poco conocido es menos abundante en misterios,
principalmente porque es uno de los más profundos de la cordillera sur,
superando los setecientos metros en casi toda su cuenca.
Los trentenes y la toponimia indígena
Hay que tener en cuenta
que la lengua mapuche de origen polinesio casi con seguridad, utiliza fonemas
para expresar ideogramas. Esto significa, que la idea que precede a la palabra
es como una fotografía detallada del sujeto a describir, y por lo tanto, al
utilizar la expresión tan precisa "cabeza de"... al definir una zona
particular de la superficie del agua, evidentemente no se está describiendo un
accidente geográfico, ni un hecho de su historia, ni la figura de un tótem
tribal, como son otros casos muy frecuentes.
Estamos afirmando
entonces que en los parajes denominados originalmente Lonco Luan o su
castellanización Lonco Mula, desde tiempos inmemoriales los aborígenes estaban
habituados a ver y convivir con apariciones ,mucho más frecuentes que hoy, de
largos cuellos rematados en hocicos alargados y porqué no, grandes ojos
redondos que los miraban fijamente desde el agua. Una descripción perfectamente
asimilable a un huanaco. Tal vez...
Con respecto a los
saurios o reptiles acuáticos que se mencionan en los lagos Moquehue, Nahuel
Huapi , Gutierrez y otros, existe el testimonio de los ngueruvilú, o viborones
con cabeza de zorro, testimonio recogido desde el siglo XVIII por el jesuita
botánico y zoólogo padre Morales. Esto coincide con la descripción actual de
especies de nutrias carnívoras, la más común llamada huillín está en estos días
protegida y el resto ya extinguidas por la caza comercial
Testimonios actuales
Es muy difícil hoy
obtener testimonio directo de los protagonistas de encuentros con estos
trentenes, los pocos que han hablado de ello son muy ancianos, custodios
orgullosos de sus conocimientos trasmitidos de abuelas a nietas. Los jóvenes
han sido trasculturizados y encontramos estas poblaciones en el final ya de un
proceso de hibridación que sin duda les ha permitido adaptarse.
Pero quedan registros
muy interesantes de apariciones muy claras. Doña Lucinda (Soto) del paraje
Lonco Mula, recuerda que:
"Me mandó el papá
a rodear unas vacas. Yo era chica y llegué ahí (al lago Nompehuén) y ví la
mula, y ahí juí corriendo a avisar que vayan a ver la mula. Pero aunque él (el
padre) llegó enseguida no vio la mula, se había ido. Ya se había escondido en
el agua. Ese es un bicho del agua. ¡Relumbraba, ahí estaba qué bonita! ¡Negrita
era! Criada en este mismo lago". Qué interesante, en este testimonio
encontramos que "relumbraba" en el agua... igual que en Aluminé. Doña
Lucinda tenía en aquél entonces, hace 15 años, aproximadamente 60 de edad.
Sin embargo, en los
veranos de 1986 y 1987, dos empleados del gobierno, Mariano Contreras y Yolanda
Rivera con mucha diferencia de edades ya que don Mariano tenía más de 50 años y
Yolanda menos de 30, adiestrados en la observación porque su misión específica
era en ese momento la protección de fauna y la prevención de incendios, ambos
dieron otro testimonio:
Los dos entrevistados
en la radio del pueblo de Aluminé y posteriormente por un diario de la región,
coincidieron en la descripción, primero Mariano Contreras vio huellas que creyó
que eran de puma..."pero más anchas y con dedos más separados" y un
rastro indescriptible "de algo que se arrastra, muy pesado". Yolanda
Rivera aseguró que cuando su compañero la llamó vio exactamente el mismo
rastro. Pero luego ella misma tuvo un avistamiento ese verano de 1986, de un
animal "de cuello delgado, el resto como una foca grande". No pudo
acercarse... o no quiso hacerlo.
En 1987 se repitieron
los avistamientos, que esta vez coincidieron con tareas subacuáticas realizadas
por un equipo extranjero "parecían japoneses, solamente hablaban entre
ellos o para comprar algo". Mariano Contreras describió al animal visto
desde menor distancia: "una cara como de gato, cuello delgado y muy hocicudo
pero arrugado. Los ojos parecían grandes pero también muy arrugados. Y cola que
arrastra." De nuevo coincidencias llamativas a través de los siglos: el
ngueruvilú del padre Morales parecía "un viborón con cabeza de
zorro", recordamos.
Una versión muy
difundida en la región, pero que no pudo comprobarse si era desde tiempos de
los mapuches o no (otra vez el silencio) nos hace ver que en 1986 hubo una
erupción del volcán Llaima, en territorio chileno, y en 1987 hizo erupción o
"reventó" el Llonquimay, en la misma vertiente oriental. La cuenca
lacustre argentina está ubicada coincidentemente con esta cadena de volcanes
activos.
El Cuero Del Agua
Ya ha transcurrido gran
parte de la mañana, y está aflojando la helada. En los árboles mojados durante
la noche se ha formado la "cabellera del frío", delgadas estalactitas
de cristal de hielo que se van quebrando a medida que el sol calienta un poco.
Hay que apurarse a bajar al arroyo, son muy pocas horas de clima ligeramente
templado, luego volverá el frío invernal. A pesar de ello, el día es espléndido
y el sol se refleja intensamente en todas las corrientes de agua.
La hermana mayor carga
con el más chico, sacándolo de la cuna suspendida donde pasó la noche a salvo
de las alimañas. La joven toma el atadito de ropa para lavar, el recipiente
para el agua, y baja hasta la costa, donde hay un mallín que permite llegar
hasta el mismo curso de agua.
No ha notado nada raro
en la superficie ni en el ambiente. Si pudiera observar fotografías o
diapositivas tomadas a esa hora, hubiese visto en primer lugar, una atmósfera
llamativamente azulina que baña todas las imágenes, sin importar la intensidad
de los rayos solares. Todo tiene una fantasmagórica pátina azul, como algunos
han observado en Lonco-Luán bajo los rayos lunares, sólo que ahora es pleno
día.
La muchacha indígena
tampoco ve un tronco seco, alargado, que estaba quieto en el curso del arroyo,
y que lentamente se acercará a la orilla... justo en el mismo remanso, donde el
agua ha formado varios menucos y los pajonales dejan huecos sombríos...
Al finalizar la tarea,
la joven recoge la ropa puesta a secar sobre las piedras, retira el cántaro
fresco y rebosante... y al ir a buscar al pequeño al lugar donde lo dejara, al
reparo del viento y del sol... se escucha un grito... y luego un llanto.
Estos epeu o
"contadas" se recogen de labios de las mujeres y los niños en los
vallecitos de la zona que riegan los deshielos de primavera, y todos coinciden
en que el temible cuero del agua vive en los cursos rápidos afluentes de ríos
más caudalosos como el Collón Cura; el Aluminé o el Agrio.
Las fechorías de este
trenten al que se lo describe como "un gran cuero de buey, rodeado de
garras de puma o colmillos enormes" consisten en colocarse silenciosamente
junto a cualquier mujer que se acerque a la orilla para llenar los cántaros o
para lavar la ropa.
La desprevenida no verá
acercarse a este cazador acuático hasta que sea demasiado tarde. El cuero
parece una blanda alfombra de algas o pasto, y si la mujer tiene su hijo pequeño
en brazos... ¿qué mejor lugar para dejarlo por un rato?.
Ha sido un error fatal.
Mientras la madre se aleja unos pocos metros para higienizarse, para buscar un
sitio de agua más clara donde llenar la vasija, o para lavar la ropa, el cuero
va envolviendo a la criatura, sin que sus gritos llamen la atención debido al
tronar del torrente o a que el animal fabuloso lo ahoga. Rápidamente "el
bicho" se introducirá en el arroyo, y la desconsolada mujer, ya sea joven
madre o una hermana mayor encargada de cuidar al más pequeño, no va a encontrar
ni un rastro del raptor ni de la criatura.
Buscando testimonios
En una entrevista con
Amaranto Aigo, quien fuera cacique de la agrupación araucana de Ruca Choroy, si
bien negó conocer cualquier relato o referencia de sus mayores al trelke
wecufú, nos aclaró que éstos son, precisamente como su nombre lo indica,
"bichos malignos" muy diferentes de los pillanes y recalcó: "Hay
muchas cosas en el agua. En el agua hay poderes... cosas... por eso no hay que
ir de noche ni en la tormenta. Antes de cruzar el agua hay que hablarle, para
caminar por el río hay que hablarle".
Cuando quisimos
averiguar cómo hay que hablarle y qué cosas hay que decirle, don Amaranto
recurrió a la respuesta ya conocida: "La gente de antes sabía. Esa se va
perdiendo, eran cosas en lengua, cosas de los mayores". Y no quiso dar más
detalles.
Esto coincide siempre
con los relatos de casos en que interviene un huinchancullín, es decir una
manifestación del daño o de Huecufú, la "contada" o "epeu"
siempre involucra a otro, se escuchó de boca de alguien, de alguien que dijo
hace tiempo. No se encuentra casi nunca el relato de la experiencia directa, de
boca de quien le sucedió.
Repasemos los hechos
La niebla, producida
por la humedad del río o el lago, se produce siempre en horas de la madrugada,
extendiéndose en invierno hasta casi mediodía. En estos valles, muy distintos a
la planicie desértica, casi no hay primavera ni otoño. El sol tarda en llegar
directo al fondo de la depresión geográfica, iluminando a pleno todos los picos
nevados circundantes.
Esto produce un clima y
una concentración de rayos oblicuos reflectados en la nieve y en el agua que
dan como resultado circunstancias muy pero muy especiales.
Claro que esto es
puramente vivencial, no hay parámetros racionales para comparar o describir
literalmente lo que sucede. No es nuevo tampoco para los europeos este
fenómeno, y es por eso que el volcán Lanín es, junto al cerro Aconcagua, uno de
los centros energéticos más importantes del territorio argentino. Es por eso
también que vino a vivir a Aluminé un famoso filósofo formado en las teorías
mezcla de ciencia y mística que a fines del siglo diecinueve se estudiaban en
secreto en Yugoslavia tanto como en otros lugares de Europa. Estamos mencionando
a Juan Benigar, el sabio y filósofo croata.
Hay que revivir las
condiciones en las cuales estas mentes abiertas e inocentes, criadas en un
mundo poblado de mensajes de la naturaleza, donde cada rincón tiene un ambiente
particular, aromas, sonidos, percepciones que van mucho más allá de lo físico. Hay
que pararse con el corazón despojado bajo un pino de doscientos o quinientos
años y ver cómo se detiene una bandurria justo sobre nuestras cabezas, cómo nos
mira detenidamente, con desfachatez...
Entonces escucharemos
el azotar del oleaje moribundo sobre la costa de arena paleozoica, cargada de
resabios de vida sumida bajo capas y capas de historia. Todo, todo lo que nos
rodea está emanando una carga de vibraciones que no puede sino afectarnos
profundamente.
No es casual que la
caída del sol sea propicia para realizar los ritos iniciáticos, como se
realizan, cuando todo este campo se revierta mientras los rayos de Antú pegan
en los cerros del este (Puel) y la luz va tornándose amarilla, produciéndonos
un efecto deprimente, angustioso, dándonos un carisma litúrgico, un sentimiento
de desamparo y al mismo tiempo de humildad, y surgen unas ganas irresistibles
de rezar, cada uno a su Dios y a su manera y entrar en comunión con todas esas
pequeñas vidas que sentimos que nos rodean, y que seguramente serán los pillanes,
guardianes alertas y benéficos, que pueden aceptar o destruir.
Un ladrón de niños
Vale la pena investigar
la verdad contenida en el lecho de los lagos, también conviene devanar la
madeja de los mitos creados posiblemente a partir de una mentira inocente que
servirá para cubrir una falta grave y evitar el castigo, o las fantasías que la
falta de algunos conocimientos o de madurez permite crecer desbocadamente.
Seguramente conocerán
entre estos mitos que son "chivos expiatorios" el caso del cunumí o
pájaro del sol en Corrientes, y si no, lo contaremos otro día. Pero, en fin, en
la Patagonia, entre estos seres fantásticos que infunden miedo en la rueda de
fogones y que ponen estremecimientos en la piel de los chicos a la hora de
salir a buscar agua al arroyo, el más popular es el cuero del agua.
Algunas explicaciones
Al regresar a casa,
luego de un suceso tan trágico como misterioso, la mujer deberá pensar en una
explicación creíble para la pérdida del pequeño confiado a su responsabilidad,
y los trentenes tienen una larga historia de explicar lo inexplicable. Pero
vamos a ver qué pudo haber pasado:
Esta leyenda, como ya
dijimos, tiene su origen y difusión en las comunidades tribales establecidas en
las márgenes de arroyos que tienen poca agua casi todo el año.
Con los deshielos,
estos arroyos crecen violentamente, y en pocas horas puede llegar un aluvión
torrencial que arrastra todo lo que alcance en sus orillas. Sin embargo, pocas
veces arrastrarían a un adulto, a diferencia de los grandes ríos que aumentan
su caudal hasta varios metros. Si consideramos también que estas crecidas se
repiten cuando llueve imprevistamente montaña arriba y que dada su corriente
violenta pero poco profunda no es fácil darse cuenta cuando está creciendo,
quizá tendremos una y sólo una hipótesis de accidentes reales.
También es común que
las características que describimos en estos arroyos hagan que estén rodeados
de mallines y menucos que en mapuche quiere decir pantano, o sea que mientras
el adulto que se acerca al curso de agua puede ir eligiendo sus pasos para no
hundirse, al depositar un pequeño peso sobre la superficie verde y blanda llena
de vegetación semi-acuática, sin querer está provocando el desastre.
Porque es precisamente
así como se describe la "panza" del cuero del agua: verde y blanda, y
ese atractivo es lo que hace al menuco una trampa mortal para vacas y otros
herbívoros audaces. Pero tratándose de un pequeño, su poco peso evitará que se
hunda de inmediato, lo más probable es que el mallín se lo trague lentamente, y
sin explicación aparente.
Testimonios contradictorios
Los epeu, es decir
contadas aborígenes que mencionan al cuero del agua también llamado lafquen
trelque o trelque-huecufú son muy numerosos. En un periódico escolar del
distrito Aluminé aparecido entre 1986 y 1987, llamado "Huerquen
Choroy", los niños de las escuelas rurales reiteran las
"contadas" sobre este personaje tenebroso, una especie de
"cuco" que les mete miedo a la hora de ir a buscar agua o a lavarse
al arroyo.
Willy A. Hasler,
investigador aficionado que se radicó en la Cordillera a principios de los años
50, trabajó en la zona de los lagos desde el Lácar hasta el Hui-Hui,
recorriendo durante más de veinte años todas las agrupaciones aborígenes de la
región.
Relata Hasler en uno de
sus libros, que estando en l958 en Quechu-Quina con el poblador Lefiñir (ZORRO
LIGERO) este le contó que había escuchado hablar durante toda su vida del
"cuero del agua." El narrador lo describía como un gran tronco que se
acercaba silenciosamente a la orilla en aguas calmas, subiendo cerca de los
lugares donde hay gente para desenrollarse sin llamar la atención y de esa
forma quedar convertido en lo que todas las descripciones comparan con
"una alfombra verde rodeada de dientes o de uñas como de tigre".
El mismo zoólogo
jesuita Morales que viajó por estas tierras en el siglo diecisiete recogió
relatos y testimonios en la costa chilena del Pacífico, atribuyendo las mismas
características a un gran calamar ya extinguido por la pesca indiscriminada,
que habría sido la Sepia Tunicata.
Y sin embargo...
Debemos recordar ahora,
para tener un redondeo de este tema, que no hay que sacar conclusiones
apresuradas:
Todo lo que se intentó
recopilar, conociendo a los mapuches actuales, son "contadas" y
"sucedidos" muy ambiguos, o como ellos mismos dirían
"escondedores". Los testimonios tomados y analizados oportunamente,
no fueron ofrecidos en total confianza con el investigador, o en su defecto
fueron tomados por gente inexperta, o como fue el caso de los misioneros, ni
siquiera fueron analizados debidamente por razones religiosas muy obvias, dado
que era necesario destruir a conciencia todo vestigio de espiritualidad y de
creencias ancestrales.
Costará mucho tiempo
develar este y otros misterios, pero lo más importante es estar dispuesto a
pertenecer, aceptar y ser aceptado por todas estas manifestaciones de vida
salvaje y milenaria, donde el hombre es apenas un pasajero recién llegado... y
tal vez efímero.
Gerardo Pennini
El autor convivió con
la cultura indígena por primera vez en la provincia de Corrientes, donde
conoció las leyendas guaraníes de boca de los descendientes de guaycurúes en
torno al fogón. En los andares del periodismo continuó leyendo sin orden ni
método cuanta bibliografía cayó a sus manos sobre el tema, incursionó en viajes
a sitios arqueológicos en San Luis y Mendoza para recoger testimonios en el
paisaje de Huarpes, Guanacaches y Comechingones. Ya radicado en la Patagonia,
trabajó como docente y periodista en localidades del centro y norte de la
provincia de Neuquén, de donde surge este trabajo sobre un aspecto poco
conocido de la tradición Mapuche.