LOS PILLANES

LOS PILLANES
Tinta de ANA MARTÍNEZ (Cippolletti)

martes, 18 de marzo de 2014

LOS PILLANES

MITOS Y CONTADAS MAPUCHES  

En el año 1981 el ya desaparecido diario "Mendoza" de esa ciudad argentina, participó de la organización de una expedición arqueológica al pucará de Ranchillos, último punto en el extremo sur del famoso "camino del Inca".
Este camino sigue una línea topográfica imaginaria que recorre todo el trazado cordillerano a tres mil metros de altura, ni uno más ni uno menos, de norte a sur, comunicando todas las poblaciones de esta región del imperio con el Cuzco.
El pucará es la forma de fortificación construída en todo el oeste y noroeste argentino por los verdaderos pobladores, diaguitas, lules, hualflines y huarpes, quienes eran tributarios de gobernadores locales representantes del Inca.
Más abajo de Ranchillos, en el Valle del Tunduqueral, cerca de la población turística de Uspallata, se desarrollaron grandes batallas de guerras interminables entre huarpes, ranqueles y puelches de la llanura seca por el este, quichuas incaicos por el norte y nómades de origen tehuelche por el sur.
Hay que recordar que muy cerca de estos valles, hasta 1830 o 1840, se presentaban malones de araucanos, los mismos araucanos de origen chileno que habían derrotado y desplazado para siempre a los voroganos y ranqueles de la pampa.
Mucho más atrás en la historia, en épocas tan pretéritas que parecen haber ocurrido en lugares lejanos o en terrenos de la fantasía, este Valle del tunduqueral y el emplazamiento de Ranchillos, fueron disputados ferozmente por las tribus del paleolítico provenientes del norte y del oeste, algunas de las cuales eran inclusive antropófagas.
En este marco se iba a desarrollar la expedición que partió de Mendoza compuesta por un arqueólogo de la Universidad, un estudiante avanzado y el periodista y fotógrafo destacado por el diario patrocinante.
Las imágenes recogidas, sin duda serían el mejor documento de la aventura científica, por lo tanto había que tener preparadas varias cámaras con diferentes tipos de película, sobre todo diferentes sensibilidades para captar tomas con iluminación difícil, a distancia o con cierto movimiento.
En el centro del Valle del Tunduqueral se encontraba, ya registrado y explorado, un altar donde se habían registrado con sucesivos petroglifos las ceremonias de los chamanes de hace por lo menos veinte mil años, y luego los sucesivos sacrificios, inclusive humanos.
Desde esa ubicación, podía entenderse perfectamente su importancia estratégica. El camino natural entre montañas proveniente desde el este se abría por el cauce del río Ranchillos. Desde el norte, indudable comunicación con diaguitas y huarpes, desembocaba el camino del Inca, y hacia el sur, territorio tehuelche y mapuche, un ancho valle glaciar con abundantes ojos de agua y arroyos.
Parado junto al altar megalítico, se podía sentir en la puesta del sol como un sordo batir de la tierra, gemidos, gruñidos, todo un concierto en el que los aullidos del viento semejaban el silbar de flechas entre las piedras.
Racionalmente, el arqueólogo iba explicando todos estos detalles con calma: la tierra resuena por efecto de los miles de "tunduques" que dan su nombre al valle. Estos pequeños roedores, que alguna vez pesaron hasta 40 kilogramos, son similares a los perros de la pradera y cavan miles y miles de kilómetros de madriguera.
En el ocaso, explicaba el científico, los machos salen a producir su "llamado" especial a las hembras en la puerta de cada cueva. Este sonido, multiplicado tantas y tantas veces, y el especial eco del Valle producían un efecto fantástico.
De todas maneras esto solo no resultaba convincente, se podía "sentir" en torno a los hombres; extraños en ese lugar, la presencia de los animalitos que miraban sin temor, fijamente, a los forasteros. ¿Y los gruñidos? Bien, rodeando al grupo circulaban siempre apartados pero nunca lejos, varios zorros grises, del tipo pampeano, de gran alzada. Mantenían a los hombres vigilados atentamente todo el tiempo, y de esos vigilantes partían gruñidos y la supuesta "risa" del zorro.
De a poco todo esto lograba poner nerviosos a los intrusos, ya que el hombre en esta circunstancias se siente sobrecogido por la naturaleza misteriosa y las explicaciones por más racionales que sean, no alcanzan.
Por supuesto que las cámaras del fotógrafo tomaban numerosas imágenes de esta puesta de sol tan especial, tan mágica y de belleza imponente.
Casi por la noche se llegó al punto buscado del pucará, y se ubicaron las tiendas de la expedición, todo dispuesto para comenzar los trabajos al día siguiente.
El arqueólogo y su ayudante conversaban ruidosamente y escuchaban radio.
Un poco apartado, el periodista se ubicó cerca del arroyo, casi a oscuras.
En la otra orilla aparecieron de nuevo los zorros, sólo tres o cuatro, pero suficientes para erizar la piel al hombre de ciudad.
Cruzaban lejos del fogón los pasos rápidos de liebres y otros animalitos nocturnos.
Cuando los expedicionarios se fueron a dormir, en las murallas casi intactas de la fortaleza incaica resonó un tropel repentino e inexplicable.
-Son las cabras!- gritó desde la carpa alguna de las voces para tranquilizarse.
Era la primera noche en el pucará de Ranchillos.
Durante dos o tres días, los arqueólogos buscaban el lugar de sacrificios y el enterramiento ceremonial de las llamas.
No se daban resultados y cada día que pasaba escaseaban más los recursos, los científicos comenzaban a ponerse nerviosos.
Una noche, como siempre, aparecieron los habituales visitantes: primero resonaron los llamados de los "tunduques", horas después se acercaron los zorros y cruzaban las liebres por todas partes. Lo más sorprendente era la aparente confianza de los animales y el gran número con que se hacían visibles.
Sin embargo, a las supuestas cabras que habían producido los sonidos de la primera noche, jamás las vieron.
El fotógrafo se quedó hasta la madrugada sentado, solo y en silencio, mirando y escuchando atentamente todos estos sucesos imperceptibles pero inquietantes. Se fue a acostar pero sin poder dormir. De pronto, en torno a la carpa, se percibió la presencia de todos esos pobladores que los habían estado observando noche tras noche. Se podían sentir olores, pisadas, roces. De pronto, todo cesó bruscamente. El periodista se durmió.
A la mañana siguiente, cuando despertó, estuvo un rato largo en la carpa. Aunque se escuchaba trajinar a los compañeros levantando el campamento, casi vencidos,no se levantó para participar de la tarea ,trataba de recordar qué había pasado la noche anterior.
Pensando en ello, finalmente se dispuso a iniciar el rito matinal del mate.Fue hasta el río, llenó la pava con agua fresca, giró...y allí, frente a sus ojos, estaba un megalito claramente iluminado por el primer rayo de sol que pasaba entre las montañas, haciendo una perfecta línea con el arroyo y proyectando la aguja de sombra sobre un altar plano, muy pulido y oscurecido..y siguiendo "el dedo del Sol", un campo delimitado por grandes bochones de granito que se veían relumbrar precisamente a esta hora, sólo a esta hora, y desde esa posición.
Sobre el más grande de los bloques de granito, se paró un enorme cóndor.
Y se miraron
Fueron cinco rollos de fotografías los que se entregaron en el diario. El sexto no. El sexto documentaba aquél momento sobrecogedor vivido una puesta de sol en el Valle del Tunduqueral, pero en él no había ninguna imagen de animales, ni zorros, ni tunduques...nada.
Por supuesto, aquél periodista nunca contó esta parte de la historia. La experiencia vivida a orillas del río Ranchillos aquél amanecer también quedó en secreto, ciertos pactos hay que respetarlos.
Pero muchos años después, cerca de otro río mágico, el Ruca Choroy, tomando mate con el cacique de la agrupación, fue intercambiando vivencias.
Cuando el cacique escuchó el relato de lo sucedido con aquéllos extraordinarios animalitos de Uspallata, sentenció:
-Son los pillanes- Y no habló más del asunto.

NUEVOS TRENTENES

Buscando las raíces de las tradiciones aborígenes que todavía se pueden rescatar en el norte de la Patagonia argentino-chilena, debemos partir desde la ciudad de Neuquén hacia el oeste, hacia los valles cordilleranos donde se encuentra en estos días la mayor concentración de habitantes originales.
Mientras viajamos por el desierto vamos apreciando los grandes contrastes que presenta esta tierra. Al comienzo del viaje estuvimos en la región del Alto Valle del río Negro, lugares poblados por colonias que cultivaron la tierra y hoy se encuentran en plena producción de frutales.
Pero esta primera imagen es engañosa, el valle que el agua de riego convirtió en terreno fértil muy pronto da paso al paisaje característico de las "bardas", terrazas que van ascendiendo hacia las montañas de los Andes y que otrora fueron el marco a los glaciares ya olvidados.
Vamos observando una geografía áspera de canto rodado y arcilla donde hay grabada una violenta historia de luchas y sufrimientos inquietantes.
El padre Domingo Milanesio, antiguo misionero, describió la Patagonia como "un ave fénix" dispuesta siempre a resurgir de cada cataclismo, de cada tragedia humana...siempre condenada a no detenerse en un nido confortable.
El viaje pasa por la zona petrolera, una de las más ricas de la Argentina, y el pasajero puede ver desde la ruta el secreto de la riqueza patagónica, los bombeadores de petróleo que por aquí se llaman "chulengos"... por su silueta parecida a un enorme guanaco.
Este fue alguna vez territorio de los dinosaurios fabulosos, aquí nomás, en Plaza Huincul, se encontraron los restos de uno de los carnívoros más grandes del cretáceo.
Seguimos avanzando y vamos a pasar por Zapala, ubicada en terrenos que fueron inmensos pantanos, luego formaron parte de una cuenca marina que se fue retirando y elevando, hasta que ahora vemos ese mar pretérito convertido en una mansa mancha de agua en Laguna Blanca, actual hogar protegido del cisne de cuello negro.
Toda esta cuenca, una sobrecogedora depresión al pie de la precordillera por encima de los mil metros de altura, merece una mirada especial. Tiene diversos puntos desde donde ver las posiciones del sol en el transcurrir del día.
Las texturas especiales de las bardas y cerros que rodean este antiguo lecho nos pueden enfrentar con incógnitas del pasado, etapas ígneas del suelo americano y etapas de gigantescos saurios y moluscos monstruosos.
Mientras caminamos tranquilamente por las cercanías de la laguna, esa arena extraña que pisamos no es en realidad arena propiamente dicha, sino el marasmo del fondo de un mar poblado de vida en lucha con la destrucción, todo ello congelado y suspendido en su clímax para que hoy lo tomemos un momento en la mano y dejemos que todas estas sensaciones, estas energías del arcano atraviesen 130 millones de años hasta nuestros sentidos más profundos.
Y seguiremos el viaje hasta las fuentes de la sabiduría y las tradiciones aborígenes, subiendo los dos mil metros sobre el nivel del mar en el Chcachil, cadena de precordillera que junto con el Michacheo fue el hogar de los pehuenches, o gente de los pinos pehuenes. La planicie desértica que dejamos atrás era el dominio de los huiliches, que conformaban el grupo más septentrional de tehuelches, gente guerrera y nómada que combatieron a estos pehuenches de la montaña. A medida que avanzamos desembocaremos en una estrecha llanura donde asoman los pehuenes que dan nombre a los habitantes, y junto a los cipreses que van apareciendo tímidamente nos anuncian el aumento de humedad que significa la cercanía de los lagos.
Sin embargo, esta llanura llamada "Pampa de Lonco Luan" merece un breve aparte, porque es un paisaje como tal vez imaginaríamos un cráter lunar. Está conformada por gránulos de tierra liviana, de aspecto aéreo, que durante el día deslumbra con su reflejo casi carente de sombras, pero que al borrarse la luz, entre medianoche y la salida del sol, desprende resplandores azulados contrastantes con la extrema negrura, el Thanatos de los griegos, que precede al nuevo estallido luminoso.
Y de la misma forma, al cabo de una curva y un recodo, desde lo alto vemos aparecer el valle lacustre donde se nos presenta el lago Aluminé en primer término.
Haciendo honor a su nombre mapuche, el primer lago "Brilla en lo profundo".
Y así llegamos al sector de la costa del lago Aluminé que en lengua nativa mapugudun también recibe el nombre de Lonco Luán. Más allá, otro paraje entre los lagos Ñorquinco y Nompehuén fue llamado Lonco-Mula.
¿Por qué los nombres?
Los mapuches de la vertiente occidental de los Andes y costas del Pacífico, también conocidos por moluches o nguluches, tienen numerosos seres mitológicos llamados genéricamente "tren ten", relacionados con accidentes geográficos de los cuales serían los custodios. Casi todas estas figuras tienen origen en animales reales que, al encontrarse casi extintos desde la llegada de los europeos, han aumentado el misterio en torno a su existencia.
Lo más llamativo de este mundo de fábulas, es que también se recuerdan animales que pertenecieron a otras edades prehistóricas, y que teóricamente no podrían haber convivido jamás con el hombre. Si queremos confrontar algunos interrogantes que desafían la lógica del habitante de las ciudades, también tendremos que prepararnos para ver y sentir la existencia de duendes pánicos del bosque montañoso, los lagos y la costa del mar.
En el territorio argentino, en torno a los lagos de Neuquén y Río Negro, se han hecho conocer a través de los medios de comunicación los supuestos saurios acuáticos o lacustres como el "Nahuelito" que aparece en el lago Nahuel Huapi, frente a Bariloche, o su pariente el bautizado con total falta de imaginación "Moquehuito" porque se le suele avistar en el lago neuquino Moquehue..
Este último es uno de los lagos que, no por poco conocido es menos abundante en misterios, principalmente porque es uno de los más profundos de la cordillera sur, superando los setecientos metros en casi toda su cuenca.
Los trentenes y la toponimia indígena
Hay que tener en cuenta que la lengua mapuche de origen polinesio casi con seguridad, utiliza fonemas para expresar ideogramas. Esto significa, que la idea que precede a la palabra es como una fotografía detallada del sujeto a describir, y por lo tanto, al utilizar la expresión tan precisa "cabeza de"... al definir una zona particular de la superficie del agua, evidentemente no se está describiendo un accidente geográfico, ni un hecho de su historia, ni la figura de un tótem tribal, como son otros casos muy frecuentes.
Estamos afirmando entonces que en los parajes denominados originalmente Lonco Luan o su castellanización Lonco Mula, desde tiempos inmemoriales los aborígenes estaban habituados a ver y convivir con apariciones ,mucho más frecuentes que hoy, de largos cuellos rematados en hocicos alargados y porqué no, grandes ojos redondos que los miraban fijamente desde el agua. Una descripción perfectamente asimilable a un huanaco. Tal vez...
Con respecto a los saurios o reptiles acuáticos que se mencionan en los lagos Moquehue, Nahuel Huapi , Gutierrez y otros, existe el testimonio de los ngueruvilú, o viborones con cabeza de zorro, testimonio recogido desde el siglo XVIII por el jesuita botánico y zoólogo padre Morales. Esto coincide con la descripción actual de especies de nutrias carnívoras, la más común llamada huillín está en estos días protegida y el resto ya extinguidas por la caza comercial


Testimonios actuales
Es muy difícil hoy obtener testimonio directo de los protagonistas de encuentros con estos trentenes, los pocos que han hablado de ello son muy ancianos, custodios orgullosos de sus conocimientos trasmitidos de abuelas a nietas. Los jóvenes han sido trasculturizados y encontramos estas poblaciones en el final ya de un proceso de hibridación que sin duda les ha permitido adaptarse.
Pero quedan registros muy interesantes de apariciones muy claras. Doña Lucinda (Soto) del paraje Lonco Mula, recuerda que:
"Me mandó el papá a rodear unas vacas. Yo era chica y llegué ahí (al lago Nompehuén) y ví la mula, y ahí juí corriendo a avisar que vayan a ver la mula. Pero aunque él (el padre) llegó enseguida no vio la mula, se había ido. Ya se había escondido en el agua. Ese es un bicho del agua. ¡Relumbraba, ahí estaba qué bonita! ¡Negrita era! Criada en este mismo lago". Qué interesante, en este testimonio encontramos que "relumbraba" en el agua... igual que en Aluminé. Doña Lucinda tenía en aquél entonces, hace 15 años, aproximadamente 60 de edad.
Sin embargo, en los veranos de 1986 y 1987, dos empleados del gobierno, Mariano Contreras y Yolanda Rivera con mucha diferencia de edades ya que don Mariano tenía más de 50 años y Yolanda menos de 30, adiestrados en la observación porque su misión específica era en ese momento la protección de fauna y la prevención de incendios, ambos dieron otro testimonio:
Los dos entrevistados en la radio del pueblo de Aluminé y posteriormente por un diario de la región, coincidieron en la descripción, primero Mariano Contreras vio huellas que creyó que eran de puma..."pero más anchas y con dedos más separados" y un rastro indescriptible "de algo que se arrastra, muy pesado". Yolanda Rivera aseguró que cuando su compañero la llamó vio exactamente el mismo rastro. Pero luego ella misma tuvo un avistamiento ese verano de 1986, de un animal "de cuello delgado, el resto como una foca grande". No pudo acercarse... o no quiso hacerlo.
En 1987 se repitieron los avistamientos, que esta vez coincidieron con tareas subacuáticas realizadas por un equipo extranjero "parecían japoneses, solamente hablaban entre ellos o para comprar algo". Mariano Contreras describió al animal visto desde menor distancia: "una cara como de gato, cuello delgado y muy hocicudo pero arrugado. Los ojos parecían grandes pero también muy arrugados. Y cola que arrastra." De nuevo coincidencias llamativas a través de los siglos: el ngueruvilú del padre Morales parecía "un viborón con cabeza de zorro", recordamos.
Una versión muy difundida en la región, pero que no pudo comprobarse si era desde tiempos de los mapuches o no (otra vez el silencio) nos hace ver que en 1986 hubo una erupción del volcán Llaima, en territorio chileno, y en 1987 hizo erupción o "reventó" el Llonquimay, en la misma vertiente oriental. La cuenca lacustre argentina está ubicada coincidentemente con esta cadena de volcanes activos.


El Cuero Del Agua
Ya ha transcurrido gran parte de la mañana, y está aflojando la helada. En los árboles mojados durante la noche se ha formado la "cabellera del frío", delgadas estalactitas de cristal de hielo que se van quebrando a medida que el sol calienta un poco. Hay que apurarse a bajar al arroyo, son muy pocas horas de clima ligeramente templado, luego volverá el frío invernal. A pesar de ello, el día es espléndido y el sol se refleja intensamente en todas las corrientes de agua.
La hermana mayor carga con el más chico, sacándolo de la cuna suspendida donde pasó la noche a salvo de las alimañas. La joven toma el atadito de ropa para lavar, el recipiente para el agua, y baja hasta la costa, donde hay un mallín que permite llegar hasta el mismo curso de agua.
No ha notado nada raro en la superficie ni en el ambiente. Si pudiera observar fotografías o diapositivas tomadas a esa hora, hubiese visto en primer lugar, una atmósfera llamativamente azulina que baña todas las imágenes, sin importar la intensidad de los rayos solares. Todo tiene una fantasmagórica pátina azul, como algunos han observado en Lonco-Luán bajo los rayos lunares, sólo que ahora es pleno día.
La muchacha indígena tampoco ve un tronco seco, alargado, que estaba quieto en el curso del arroyo, y que lentamente se acercará a la orilla... justo en el mismo remanso, donde el agua ha formado varios menucos y los pajonales dejan huecos sombríos...
Al finalizar la tarea, la joven recoge la ropa puesta a secar sobre las piedras, retira el cántaro fresco y rebosante... y al ir a buscar al pequeño al lugar donde lo dejara, al reparo del viento y del sol... se escucha un grito... y luego un llanto.
Estos epeu o "contadas" se recogen de labios de las mujeres y los niños en los vallecitos de la zona que riegan los deshielos de primavera, y todos coinciden en que el temible cuero del agua vive en los cursos rápidos afluentes de ríos más caudalosos como el Collón Cura; el Aluminé o el Agrio.
Las fechorías de este trenten al que se lo describe como "un gran cuero de buey, rodeado de garras de puma o colmillos enormes" consisten en colocarse silenciosamente junto a cualquier mujer que se acerque a la orilla para llenar los cántaros o para lavar la ropa.
La desprevenida no verá acercarse a este cazador acuático hasta que sea demasiado tarde. El cuero parece una blanda alfombra de algas o pasto, y si la mujer tiene su hijo pequeño en brazos... ¿qué mejor lugar para dejarlo por un rato?.
Ha sido un error fatal. Mientras la madre se aleja unos pocos metros para higienizarse, para buscar un sitio de agua más clara donde llenar la vasija, o para lavar la ropa, el cuero va envolviendo a la criatura, sin que sus gritos llamen la atención debido al tronar del torrente o a que el animal fabuloso lo ahoga. Rápidamente "el bicho" se introducirá en el arroyo, y la desconsolada mujer, ya sea joven madre o una hermana mayor encargada de cuidar al más pequeño, no va a encontrar ni un rastro del raptor ni de la criatura.

Buscando testimonios
En una entrevista con Amaranto Aigo, quien fuera cacique de la agrupación araucana de Ruca Choroy, si bien negó conocer cualquier relato o referencia de sus mayores al trelke wecufú, nos aclaró que éstos son, precisamente como su nombre lo indica, "bichos malignos" muy diferentes de los pillanes y recalcó: "Hay muchas cosas en el agua. En el agua hay poderes... cosas... por eso no hay que ir de noche ni en la tormenta. Antes de cruzar el agua hay que hablarle, para caminar por el río hay que hablarle".
Cuando quisimos averiguar cómo hay que hablarle y qué cosas hay que decirle, don Amaranto recurrió a la respuesta ya conocida: "La gente de antes sabía. Esa se va perdiendo, eran cosas en lengua, cosas de los mayores". Y no quiso dar más detalles.
Esto coincide siempre con los relatos de casos en que interviene un huinchancullín, es decir una manifestación del daño o de Huecufú, la "contada" o "epeu" siempre involucra a otro, se escuchó de boca de alguien, de alguien que dijo hace tiempo. No se encuentra casi nunca el relato de la experiencia directa, de boca de quien le sucedió.
Repasemos los hechos
La niebla, producida por la humedad del río o el lago, se produce siempre en horas de la madrugada, extendiéndose en invierno hasta casi mediodía. En estos valles, muy distintos a la planicie desértica, casi no hay primavera ni otoño. El sol tarda en llegar directo al fondo de la depresión geográfica, iluminando a pleno todos los picos nevados circundantes.
Esto produce un clima y una concentración de rayos oblicuos reflectados en la nieve y en el agua que dan como resultado circunstancias muy pero muy especiales.
Claro que esto es puramente vivencial, no hay parámetros racionales para comparar o describir literalmente lo que sucede. No es nuevo tampoco para los europeos este fenómeno, y es por eso que el volcán Lanín es, junto al cerro Aconcagua, uno de los centros energéticos más importantes del territorio argentino. Es por eso también que vino a vivir a Aluminé un famoso filósofo formado en las teorías mezcla de ciencia y mística que a fines del siglo diecinueve se estudiaban en secreto en Yugoslavia tanto como en otros lugares de Europa. Estamos mencionando a Juan Benigar, el sabio y filósofo croata.
Hay que revivir las condiciones en las cuales estas mentes abiertas e inocentes, criadas en un mundo poblado de mensajes de la naturaleza, donde cada rincón tiene un ambiente particular, aromas, sonidos, percepciones que van mucho más allá de lo físico. Hay que pararse con el corazón despojado bajo un pino de doscientos o quinientos años y ver cómo se detiene una bandurria justo sobre nuestras cabezas, cómo nos mira detenidamente, con desfachatez...
Entonces escucharemos el azotar del oleaje moribundo sobre la costa de arena paleozoica, cargada de resabios de vida sumida bajo capas y capas de historia. Todo, todo lo que nos rodea está emanando una carga de vibraciones que no puede sino afectarnos profundamente.
No es casual que la caída del sol sea propicia para realizar los ritos iniciáticos, como se realizan, cuando todo este campo se revierta mientras los rayos de Antú pegan en los cerros del este (Puel) y la luz va tornándose amarilla, produciéndonos un efecto deprimente, angustioso, dándonos un carisma litúrgico, un sentimiento de desamparo y al mismo tiempo de humildad, y surgen unas ganas irresistibles de rezar, cada uno a su Dios y a su manera y entrar en comunión con todas esas pequeñas vidas que sentimos que nos rodean, y que seguramente serán los pillanes, guardianes alertas y benéficos, que pueden aceptar o destruir.
Un ladrón de niños
Vale la pena investigar la verdad contenida en el lecho de los lagos, también conviene devanar la madeja de los mitos creados posiblemente a partir de una mentira inocente que servirá para cubrir una falta grave y evitar el castigo, o las fantasías que la falta de algunos conocimientos o de madurez permite crecer desbocadamente.
Seguramente conocerán entre estos mitos que son "chivos expiatorios" el caso del cunumí o pájaro del sol en Corrientes, y si no, lo contaremos otro día. Pero, en fin, en la Patagonia, entre estos seres fantásticos que infunden miedo en la rueda de fogones y que ponen estremecimientos en la piel de los chicos a la hora de salir a buscar agua al arroyo, el más popular es el cuero del agua.
Algunas explicaciones
Al regresar a casa, luego de un suceso tan trágico como misterioso, la mujer deberá pensar en una explicación creíble para la pérdida del pequeño confiado a su responsabilidad, y los trentenes tienen una larga historia de explicar lo inexplicable. Pero vamos a ver qué pudo haber pasado:
Esta leyenda, como ya dijimos, tiene su origen y difusión en las comunidades tribales establecidas en las márgenes de arroyos que tienen poca agua casi todo el año.
Con los deshielos, estos arroyos crecen violentamente, y en pocas horas puede llegar un aluvión torrencial que arrastra todo lo que alcance en sus orillas. Sin embargo, pocas veces arrastrarían a un adulto, a diferencia de los grandes ríos que aumentan su caudal hasta varios metros. Si consideramos también que estas crecidas se repiten cuando llueve imprevistamente montaña arriba y que dada su corriente violenta pero poco profunda no es fácil darse cuenta cuando está creciendo, quizá tendremos una y sólo una hipótesis de accidentes reales.
También es común que las características que describimos en estos arroyos hagan que estén rodeados de mallines y menucos que en mapuche quiere decir pantano, o sea que mientras el adulto que se acerca al curso de agua puede ir eligiendo sus pasos para no hundirse, al depositar un pequeño peso sobre la superficie verde y blanda llena de vegetación semi-acuática, sin querer está provocando el desastre.
Porque es precisamente así como se describe la "panza" del cuero del agua: verde y blanda, y ese atractivo es lo que hace al menuco una trampa mortal para vacas y otros herbívoros audaces. Pero tratándose de un pequeño, su poco peso evitará que se hunda de inmediato, lo más probable es que el mallín se lo trague lentamente, y sin explicación aparente.
Testimonios contradictorios
Los epeu, es decir contadas aborígenes que mencionan al cuero del agua también llamado lafquen trelque o trelque-huecufú son muy numerosos. En un periódico escolar del distrito Aluminé aparecido entre 1986 y 1987, llamado "Huerquen Choroy", los niños de las escuelas rurales reiteran las "contadas" sobre este personaje tenebroso, una especie de "cuco" que les mete miedo a la hora de ir a buscar agua o a lavarse al arroyo.
Willy A. Hasler, investigador aficionado que se radicó en la Cordillera a principios de los años 50, trabajó en la zona de los lagos desde el Lácar hasta el Hui-Hui, recorriendo durante más de veinte años todas las agrupaciones aborígenes de la región.
Relata Hasler en uno de sus libros, que estando en l958 en Quechu-Quina con el poblador Lefiñir (ZORRO LIGERO) este le contó que había escuchado hablar durante toda su vida del "cuero del agua." El narrador lo describía como un gran tronco que se acercaba silenciosamente a la orilla en aguas calmas, subiendo cerca de los lugares donde hay gente para desenrollarse sin llamar la atención y de esa forma quedar convertido en lo que todas las descripciones comparan con "una alfombra verde rodeada de dientes o de uñas como de tigre".
El mismo zoólogo jesuita Morales que viajó por estas tierras en el siglo diecisiete recogió relatos y testimonios en la costa chilena del Pacífico, atribuyendo las mismas características a un gran calamar ya extinguido por la pesca indiscriminada, que habría sido la Sepia Tunicata.
Y sin embargo...
Debemos recordar ahora, para tener un redondeo de este tema, que no hay que sacar conclusiones apresuradas:
Todo lo que se intentó recopilar, conociendo a los mapuches actuales, son "contadas" y "sucedidos" muy ambiguos, o como ellos mismos dirían "escondedores". Los testimonios tomados y analizados oportunamente, no fueron ofrecidos en total confianza con el investigador, o en su defecto fueron tomados por gente inexperta, o como fue el caso de los misioneros, ni siquiera fueron analizados debidamente por razones religiosas muy obvias, dado que era necesario destruir a conciencia todo vestigio de espiritualidad y de creencias ancestrales.
Costará mucho tiempo develar este y otros misterios, pero lo más importante es estar dispuesto a pertenecer, aceptar y ser aceptado por todas estas manifestaciones de vida salvaje y milenaria, donde el hombre es apenas un pasajero recién llegado... y tal vez efímero.

Gerardo Pennini

El autor convivió con la cultura indígena por primera vez en la provincia de Corrientes, donde conoció las leyendas guaraníes de boca de los descendientes de guaycurúes en torno al fogón. En los andares del periodismo continuó leyendo sin orden ni método cuanta bibliografía cayó a sus manos sobre el tema, incursionó en viajes a sitios arqueológicos en San Luis y Mendoza para recoger testimonios en el paisaje de Huarpes, Guanacaches y Comechingones. Ya radicado en la Patagonia, trabajó como docente y periodista en localidades del centro y norte de la provincia de Neuquén, de donde surge este trabajo sobre un aspecto poco conocido de la tradición Mapuche.